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November 11 Cruda realidadEs fácil querer a los padres cuando somos pequeños, pero cuando pasan los años...
Hay que querer mucho a los padres, cuando se hacen mayores, pero no hay que proponérselo, ¡o los querías antes, o no los querrás ahora!, y quererlos como son. Yo leí una vez, -en los textos de una misa por las familias-, que: "al que cuida a sus padres Dios le perdonará la multitud de sus pecados". Así que, no estoy haciendo nada de más... Mamá ya no me conoce a ratos. Anoche, después de cenar, fue como siempre a revisar cómo habían quedado las puertas, y tal... y al volver, entró en la sala de estar diciéndome: -¿Dónde está Blancamelia? -Aquí, mamá. Soy yo. Hay que querer a los padres como son. ¡Oye, y no hacer tragedias de lo que no lo son! Se sufre, sí, porque es muy duro ver cómo se deterioran día tras día, y van dejando de hacer cosas que antes eran imprescindibles para ellos, pero también Dios ayuda mucho, -a las dos-, a amar su voluntad. Por la tarde, nos estuvimos haciendo "la miss en plis", -que decimos al pelo y a la manicura-. Mª Teresa, -mi ayudante-, alucinando de nuestras lunas, -en las uñas, comotodalavida-. Ella en granate. Yo en geranio, que ya es primavera. Mamá se puso de mi maquillaje, porque no quería verse las manchas marrones. Y se pintó del geranio de Dior, que yo lo tengo, aunque..., ¡de "Todo a 100"! ¡Bah, ni se nota! Hay que querer mucho a los padres cuando se hacen mayores, y si no puedes estar presente cuidándolos, hay que estar enterado de cómo van las cosas:
Si tienen ayudas, si les hace falta alguna cosa..., quién les lava, quién les peina, quién les da de comer, y después, más tarde, cuando se quedan dependientes, saber quién y cómo se dedica a ellos. Una madre, o un padre dependiente, sufre porque tengan que hacérselo todo. Sufre, porque tiene pudor. Sufre, porque cree que es un estorbo. Sufre, porque cree que produce dolor, y... Sufre porque tiene dolores. A veces lo dicen cuando te acercas a darle el último beso de la noche, y oyes a tu oído:
-¡Cuánto dolor! ¿Sigues diciendo que no se enteran de nada? Hay que querer mucho a los padres, cuando se hacen mayores, para cuidarlos, y tenerlos como ellos nos tenían a nosotros cuando éramos pequeños: ¡Cómo un sol!
Pero, no debe ser tan fácil cuando hay un mandamiento que nos manda: “Honrar padre y madre”, el 4º precepto de La Ley de Dios. Yo he visto, cómo mi madre cuidó a la suya, que vivió 100 años. Sin que mi padre se diera cuenta, además, de que le quitaba tiempo.
Yo he visto cómo mi madre tenía a mi padre cuidado como si de ella misma se tratara, la cara, el afeitado, la hidratación, los pies, las manos, y se lo pregunté: -¿No te cansas de “tanta manicura”...? Me contestó algo así como que papá era su continuación, como si tuviera cuatro manos, cuatro pies. ¡Con toda naturalidad! Y a otra cosa mariposa... Ya es bastante sufrimiento llegar a la vejez..., chochear, como para que encima tengan que palpar nuestro egoísmo.
Nuestro egoísmo, sí. Porque a veces, los hermanos se hablan, -por dinero-, como si no lo fueran. O se enfadan. O se niegan a ayudar, aunque solo sea con el vil metal..., nos falta a todos experiencia: ¡Mira que reñir, por no querer aportar, -por ejemplo-, la cuarta parte de los gastos! ¡Pues reñimos! Chochos o no, los padres se dan cuenta de todo, y, les proporcionamos ¡sufrimientos añadidos! Hay que ser muy agradecido, es de bien nacidos... Por lo menos nosotros, -los de "mi" familia-, porque:
¡Qué vida nos dieron! ¡Qué padres hemos tenido! Sobre todo, ¡qué madre, que sabía dar siempre la categoría al otro!, pasando por tonta, pasando por esclava, pasando por ignorante, pasando por lo que fuera, ¡con una alegría..., que yo llamo categoría, señorío...
Le debemos a ella ser la familia que somos, no al apellido, -que entre otras cosas, ni procedemos de la pata de El Cid-, ni yo no uso. Ella hace la casa. ¡Ella si que es lista, -suelo decir-, sin ningún título universitario. Yo, personalmente, nunca tuve que pedirle nada. Se adelantaba a mis necesidades. Al principio son como bobadas: pasar de los calcetines a las medias. De la lazada al cinturón...etc...etc...
¡Siempre pendiente! ¡Siempre en el detalle! ¡Igual solo lo vi yo!... Igual es que mis hermanos no son los sensibles y tiernos hombres que siempre defendí, y quise tanto. Igual es que me los cambiaron... Nuestros padres no se merecen ni medio regateo de tiempo, ni de dinero, ni de detalles, ni de llamadas, ni de atenciones, ni de nada. No se lo merecen.
Mamá, no se lo merece. Y es que hace falta la fe. Saber que somos de Dios, y a Dios vamos..., para no reírnos cuando el abuelo sale en "peletes" a la puesta del ascensor. Yo sé, que cuando estoy atendiendo a mi madre, estoy cuidando una cosa divina. Estoy cuidando a Cristo en ella. ¡Ese es el punto! Y no quiero ni la vida, ni el tiempo, ni el dinero para nada que no sea tenerla cuidada... Lo saben todos. No lo quiero.
Y no es necesario romperse la espalda para saber que lo has hecho muy bien. Eso sería como ponerte a fregar, en lugar de estudiar una carrera, como si el trabajo intelectual no valiera para nada.
Eso sería como ponerse a cavar trincheras en lugar de dejarte los codos en unas oposiciones, o los pelos... Son cosas de otros tiempos. Papá lo decía: -Ellos a cavar trincheras, y ellas, a fregar escaleras. Aún no hace tiempo, te miraban las manos y decían: -De pasar las hojas a los libros, no se rompen las uñas!, o: -¡Mira que manos tiene de trabajar! Pero..., para pensar así, además de la fe, y de que todos acabaremos de la misma manera, hay que tener experiencia, hay que querer mucho a los padres.
Cuando se hacen mayores y dependen totalmente de nosotros, porque de lo contrario, diremos:... ¡Al asilo! Y nosotros “al bollo”, hasta que un día nos avisen que “el muerto ya está en el hoyo”. ¡Y a heredar! Cruda realidad... Yo no conocí a mis tías paternas...
November 06 Despedirse cada día de la gris monotonía“Denme una página en blanco y una pluma, que les escribo un cuento” Tal vez fuera un buen lema para el escudo nobiliario de Roald Dahl, el narrador británico que tanto éxito llegó a disfrutar en vida gracias a las adaptaciones de muchas de sus novelas juveniles al cine. La más famosa, “Charlie y la fábrica de chocolate”. Pero yo me quedo con sus cuentos para adultos, con sus relatos cortos dirigidos a un público distinto al que arracimaba frente a sus libros de lomos de colores, esos niños y niñas a los que tan fácil resulta contentar. Dahl le sabe poner prosa a la vida corriente en la que usted y yo nos movemos, al ir y venir por los meridianos de la existencia, para después dar un giro y dejar al lector con la boca abierta. Y aunque murió en 1990, no me cabe duda de que aún se pasea por las calles de Londres, por las granjas del Sur de la magnífica isla, en busca de algo que merezca la pena ser contado. El aliciente puede aparentar menudencia: una tienda de sombreros, por ejemplo, se convierte, por arte de magia, en el mejor escenario para el desarrollo de una trama en la que el lector se hace partícipe, uno más, al tiempo que acaricia el tacto del fieltro o del raso con el que se cubren las badanas de cuero. Y desde la descripción suculenta, en la que uno termina por respirar hebras textiles, Roald Dahl nos descubre el requiebro de esas personalidades que muestran mesura y buena ciudadanía y que, sin embargo, esconden a asesinos, vengadores, timadores y toda suerte de sinvergüenzas, con un humor fino que nos hace sentir por su galería de personajes una piedad sincera y hasta cercanía. Al fin y al cabo, debe resultar difícil sobrevivir en una sociedad de tantas reglas y apariencias sin verter un poco de cianuro en la taza de té del de al lado. La colección de relatos del maestro británico me hace pensar que nuestra vida es una suerte de relato corto. En efecto, por más que tratemos de estirar nuestras experiencias, lo normal es que usted y yo no demos más que para una novelita de veinte páginas. Y, sin embargo, cuántas agradabilísimas sorpresas caben en apenas un pliego, sobre todo si ponemos el empeño en convertirlo en una obra maestra del entretenimiento, poblada de humanidad. No les incito a desdoblarse como los personajes de Dahl, casi todos merecedores de un tratado psiquiátrico, sino de despedirse cada día de la gris monotonía, convencidos de que por la noche habremos ilustrado la jornada con cientos de tonalidades. November 04 Para reírse...
April 24 ¡Cruda realidad! Yo no conocí a mis tías paternas... Es fácil querer a los padres cuando somos pequeños, pero cuando pasan los años... Hay que querer mucho a los padres cuando se hacen mayores, y si no puedes estar presente cuidándolos, hay que estar enterado de cómo van las cosas: Una madre, o un padre dependiente, sufre porque tengan que hacérselo todo. Sufre, porque tiene pudor. Sufre, porque cree que es un estorbo. Sufre, porque cree que produce dolor, y... Sufre porque tiene dolores. A veces lo dicen cuando te acercas a darle el último beso de la noche, y oyes a tu oído: Hay que querer mucho a los padres, cuando se hacen mayores, para cuidarlos, y tenerlos como ellos nos tenían a nosotros cuando éramos pequeños: ¡Cómo un sol! Yo he visto, cómo mi madre cuidó a la suya, que vivió 100 años. Sin que mi padre se diera cuenta, además, de que le quitaba tiempo. Ya es bastante sufrimiento llegar a la vejez..., chochear, como para que encima tengan que palpar nuestro egoísmo. Hay que ser muy agradecido, es de bien nacidos... Por lo menos nosotros, -los de "mi" familia-, porque: ¡Qué padres hemos tenido! Sobre todo, ¡qué madre, que sabía dar siempre la categoría al otro!, pasando por tonta, pasando por esclava, pasando por ignorante, pasando por lo que fuera, ¡con una alegría..., que yo llamo categoría, señorío... ¡Ella si que es lista, -suelo decir-, sin ningún título universitario. Yo, personalmente, nunca tuve que pedirle nada. Se adelantaba a mis necesidades. Al principio son como bobadas: pasar de los calcetines a las medias. De la lazada al cinturón...etc...etc... Nuestros padres no se merecen ni medio regateo de tiempo, ni de dinero, ni de detalles, ni de llamadas, ni de atenciones, ni de nada. No se lo merecen. Y no quiero ni la vida, ni el tiempo, ni el dinero para nada que no sea tenerla cuidada... Lo saben todos. No lo quiero. Y no es necesario romperse la espalda para saber que lo has hecho muy bien. Eso sería como ponerte a fregar, en lugar de estudiar una carrera, como si el trabajo intelectual no valiera para nada. Pero..., para pensar así, además de la fe, y de que todos acabaremos de la misma manera, hay que tener experiencia, hay que querer mucho a los padres. Como siempre Blu
Se la hice en Nochebuena de 2001, que estábamos las dos solas.
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